Por Marina Alonso

Por la calle Defensa, llegando al 900, hay un mercado que hace las veces de circuito de chismes y rumores. En el auge pleno de la renovación de la urbanización y la arquitectura de la Capital Federal, el Mercado de San Telmo también alberga los más variados olores a especias y un sinfín de víveres que señoras -y no tanto- salen a buscar. El enorme tamaño del moderno establecimiento no impide que se desarrollen conversaciones en cada puestito.

Corre el año 1955, ya empezó a sentirse intensamente el calor de octubre en Buenos Aires. Tres mujeres discuten acerca de que ese mal que azota a las sociedades, “que te deja a los hijos como monstruos” según una de ellas, podría llegar a su fin. La tan temida “polio”, enfermedad viral que no para de brotar en todo el mundo desde el año 1950, afectando de manera casi fulminante a quien se lo contagia. Por la ciudad, sobresalen los árboles blancos de cal (se dice que el virus está en los árboles y que la cal lo aísla, ayudando a frenar su circulación). El miedo más grande es la parálisis total. Rumor va, rumor viene:

-Dicen que hay especialistas de la Universidad en el tema, y que se han hecho algunos progresos. Me enteré que una médica que trabaja acá viajó a Estados Unidos para buscar la cura.

-Ah, sí, ya sé cuál decís. Yo no le creo a esa mujer. Está loca, ¿no viste que lleva a la hija al laboratorio donde trabaja? ¡Se puede apestar con cualquier cosa de esas que ven ahí!

-Mmmm, bueno, pero dicen que es una eminencia. Qué se yo, es gente que sabe. Ayer me contaba Carmela que el hijo de la vecina está muy complicado, seguro se va a morir. Está en aislamiento total, pero total, ¿eh?

-Y, es que así no anda contagiando a todo el barrio...

Entre tanto, uno de esos chicos jóvenes que suelen verse repartiendo diarios, advierte a la gente que está adentro del local que salgan, que vayan a ver lo que está pasando a una cuadra, “algo pasó porque está lleno de gente”, avisa. Una de las mujeres que conversaba, alcanza a vislumbrar a una señora muy pituca, vestida con ropajes antiguos. Tiene la piel de porcelana. Parece de otra época. ¿El 1700, será? Va dejando una especie de halo dorado en su paso por los adoquines, como de ensueño. ¿Será una reina? Ella también se dirige, con prisa, hacia allí.

Al llegar, la escena era extraña. Rodeada de muchas personas, allí se encontraba Eugenia Sacerdote de Lustig, médica e investigadora de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires que, ante el avance de la epidemia, había sido convocada por las autoridades para actuar de urgencia. Eugenia había viajado a EE. UU. para traer al país los avances que se habían desarrollado en contra de la poliomielitis: una vacuna ideada en 1952 por Jonas Salk que daba increíbles resultados tras largos y continuados ensayos clínicos y experimentales. Eugenia, aterrada como estaba de que se contagiaran sus propios hijos -a quienes no sólo no llevaba al laboratorio durante el brote sino que incluso los había enviado a Montevideo por seis meses para resguardarlos- acababa de vacunarse, ahí mismo, en la calle. Y, segura como estaba de que esa era la cura, procedía ahora a vacunarlos a ellos, a sus propios hijos, ante la mirada de sorpresa de los transeúntes y curiosos. Resulta que Eugenia había convencido a las autoridades sanitarias argentinas de implementar esta vacuna antipoliomielítica. Dicha vacuna era rotundamente efectiva. 

Ya sobre el final podía percibirse la sensación de alivio -no sin incredulidad- de los presentes. Ese alivio causado por el conocimiento haciéndose evidente a través de los importantes avances que las ciencias producen para la humanidad. Eugenia anunció que las jornadas de vacunación continuarían en el Instituto Malbrán, en donde recibía entre sesenta y setenta casos por día para diagnosticar. Otra vez los destellos dorados. La mujer que conversaba en el mercado, siguió intrigada y volteó a ver a este personaje misterioso que minutos antes desperdigaba esos destellos por los adoquines, pero “la reina” ya no estaba allí. 

Con los años, cuando su hija estudiara la historia de Inglaterra, lo sabría, aunque jamás podría contarlo sin ser tildada de loca: había visto a la mismísima Lady Montagu, pionera de la práctica de la inoculación como profilaxis para la enfermedad de la viruela en ese país; sabría distinguir, también -con la sensación de revelación de quien sabe guardar un secreto- cuál fue el impulso que la llevó a confiar, para siempre, en las vacunas.

 


La poliomielitis es una enfermedad viral que puede afectar los nervios y llevar a la parálisis total o parcial. La causa: infección con el poliovirus. El virus se propaga por:
  • Contacto directo de persona a persona
  • Contacto con moco o flema infectados de la nariz o de la boca
  • Contacto con heces infectadas
El virus entra a través de la boca y la nariz, se multiplica en la garganta y en el tracto intestinal para luego ser absorbido y diseminarse a través de la sangre y el sistema linfático. El tiempo que pasa desde el momento en que resulta infectado con el virus hasta la aparición de los síntomas de la enfermedad (incubación) oscila entre 5 y 35 días (un promedio de 7 a 14 días). La mayoría de las personas no presenta síntomas. En todo el mundo, se emplean dos tipos de vacuna contra la poliomielitis. La primera fue desarrollada por Jonas Salk, probada por primera vez en 1952 y dada a conocer el 12 de abril de 1955. La vacuna Salk contra la poliomielitis consiste en una dosis inyectada de poliovirus inactivados o muertos (IPV). La segunda vacuna fue una vacuna oral desarrollada por Albert Sabin usando poliovirus atenuados (OPV). Los ensayos clínicos de la vacuna Sabin iniciaron en 1957 y fue autorizada en 1962. Por medio del uso de las dos vacunas se ha logrado la erradicación de la poliomielitis en la mayor parte del mundo y se ha reducido la incidencia de 350 000 casos estimados en 1988 a 37 casos reportados en 2016.

 

Mary Montagu, de nombre y título completos Lady Mary Wortley Montagu (Thoresby Hall, 26 de mayo de 1689 - 21 de agosto de 1762), fue una aristócrata, escritora y viajera británica, autora de una famosa correspondencia. De su viaje a Oriente, Lady Mary (que en su propia piel mostraba las cicatrices de la viruela, y había visto morir a su hermano por ella) trajo a su vuelta a Inglaterra la práctica de la inoculación como profilaxis contra la enfermedad. Hizo inocular a sus propios hijos, y se enfrentó a los poderosos prejuicios que había contra tal práctica.

 

Eugenia Sacerdote de Lustig fue una médica de gran prestigio que nació en 1910 en Turín (Italia) en el seno de una familia judía. Ingresó en la Facultad de Medicina en 1929 junto con su prima Rita Levi Montalcini. En 1939 emigró con su marido y su hija, Livia, a Argentina. Después de unos años en los cuales se conectó con investigadores en el área de la biología celular, comenzó a trabajar primero en la Cátedra de Histología de la Facultad de Medicina de Buenos Aires y luego en el Instituto de Oncología “Ángel A. Roffo”. Allí montó una sección de cultivo de tejidos, a efectos de utilizar dicha metodología para el estudio de las células cancerosas. Dada la necesidad del cultivo de células para el diagnóstico de ciertas enfermedades virales, fue llamada a integrar el grupo de Virología del Instituto Nacional de Microbiología “A. Malbrán”.  Continuó trabajando en los dos Institutos, aplicando los cultivos celulares en cáncer y en virología. Durante la grave epidemia de poliomielitis que afectó Argentina en la mitad de la década de 1950, Eugenia fue enviada a los Estados Unidos a efectos de actualizarse sobre el desarrollo de la vacuna antipoliomielítica ideada por Jonas Salk, y sobre los resultados obtenidos a nivel experimental y clínico. Una vez que regresó a Argentina, vacunó a sus hijos, y consiguió convencer a las autoridades sanitarias de los enormes beneficios de la vacuna, la cual, efectivamente, comenzó a aplicarse. A pesar de escollos de distinta índole, Eugenia Sacerdote de Lustig, tuvo una carrera llena de logros. Fue profesora de Biología Celular en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, Profesora emérita de la Universidad de Buenos Aires, investigadora superior del CONICET (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas) y jefa de Virología del Instituto Malbrán. Falleció en 2011, a los 101 años, habiendo recibido numerosos premios como, por ejemplo, el Premio Cherny (1971),  el Premio “Mujer del Año de Ciencias” (1967), el Premio Alicia Moreau de Justo (1991); el Premio “Hipócrates 1991” de la Academia Nacional de Medicina y la Medalla Conmemorativa del Bicentenario de la Revolución de Mayo (2011), unos días antes de morir.

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